"Todo lo que te han dicho es mentira"
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martes, 11 de diciembre de 2007

Santiago es

Por Gato Negro


Una dama que vive lejos del mar

Un viejo que mira con orgullo a sus nietos

La hermana arrogante de la Concepción

El destino olvidado de los poderosos

El pasado embarazosos de un ganador

La esperanza de un niño añorante

El llanto de una madre sola

El gris traje de un caballero

Los zapatos sucios de un pelafustán

El nombre de un indigente

La dirección del mismo dios

Un laberinto de concreto

Una explanada de sueños inconclusos y trabajos sobre una mesa

Una anciana esperando el amanecer

El discurso de un falso profeta

Las palabras de odio de un vecino

La casa de un recién llegado que solo tiene sus cimientos

Un montón de calles y veredas

Una maraña de venas abiertas

Un taco

Una sopaipilla aceitosa

La mano arrugada de la madre

La mirada acusadora de un padre

Los pies cansados de un soldado español

Una mujer moribunda

Un niño que se arrastra desde sus entrañas

El destino de un viaje que nunca se hizo

El jaguar moribundo de América Latina

Unas palabras escritas sobre ladrillo

Un borrón en medio del asfalto

El hijo perdido de un hombre rico

El patio trasero de Estados Unidos

La cara bien afeitada y pulcra de un muerto de hambre

El disfraz perfecto para metas sin cumplir

Santiago es

lunes, 29 de octubre de 2007

Instrucciones para subir una escalera

Por Julio Cortazar
(1914-1984)


Desde hace bastante tiempo que conozco a mi gran amigo Junio y falta bastante poco, para que el muchachote cumpla años, por lo que he decido hacerle una especie de homenaje con este cuento de Cortazar (que si bien entiendo es uno de los autores de los que disfruta). He escogido específicamente este cuento, por el hecho de que cada vez que lo leo, no puedo evitar imaginarme a Junio tratando de subir las escaleras de mi casa. Los dejo entonces con "Instrucciones para subir una escalera" de Julio Cortazar (Extraido de "Cuentos Completos", 2).

"Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón".

Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se situó un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.

Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente.

Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).

Llegando en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.

martes, 5 de junio de 2007

Invitado: José Donoso


Una Señora
Por José Donoso

(1924-1996)
Escritor, profesor y periodista chileno.

No recuerdo con certeza cuándo fue la primera vez que me di cuenta de su existencia. Pero si no me equivoco, fue cierta tarde de invierno en un tranvía que atravesaba un barrio popular.

Cuando me aburro de mi pieza y de mis conversaciones habituales, suelo tomar algún tranvía, cuyo recorrido desconozca y pasear así por la ciudad. Esa tarde llevaba un libro por si se me antojara leer, pero no lo abrí. Estaba lloviendo esporádicamente y el tranvía avanzaba casi vacío. Me senté junto a una ventana, limpiando un boquete en el vaho del vidrio para mirar las calles.

No recuerdo el momento exacto en que ella se sentó a mi lado. Pero cuando el tranvía hizo alto en una esquina, me invadió aquella sensación tan corriente y, sin embargo, misteriosa, que cuanto veía, el momento justo y sin importancia como era, lo había vivido antes, o tal vez soñado. La escena me pareció la reproducción exacta de otra que me fuese conocida: delante de mí, un cuello rollizo vertía sus pliegues sobre una camisa deshilachada; tres o cuatro personas dispersas ocupaban los asientos del tranvía; en la esquina había una botica de barrio con su letrero luminoso, y un carabinero bostezó junto al buzón rojo, en la oscuridad que cayó en pocos minutos. Además, vi una rodilla cubierta por un impermeable verde junto a mi rodilla.

Conocía la sensación, y más que turbarme me agradaba. Así, no me molesté en indagar dentro de mi mente dónde y cómo sucediera todo esto antes. Despaché la sensación con una irónica sonrisa interior, limitándome a volver la mirada para ver lo que seguía de esa rodilla cubierta con un impermeable verde.

Era una señora. Una señora que llevaba un paraguas mojado en la mano y un sombrero funcional en la cabeza. Una de esas señoras cincuentonas, de las que hay por miles en esta ciudad: ni hermosa ni fea, ni pobre ni rica. Sus facciones regulares mostraban los restos de una belleza banal. Sus cejas se juntaban más de lo corriente sobre el arco de la nariz, lo que era el rasgo más distintivo de su rostro.

Hago esta descripción a la luz de los echos posteriores, porque fue poco lo que de la señora observe entonces. Sonó el timbre, el tranvía partió haciendo desvanecerse la escena conocida, y volví a mirar la calle por el boquete que limpiara en el vidrio. Los faroles se encendieron. Un chiquilllo salió de un despacho con dos zanahorias y un pan en la mano. La hilera de casas bajas se prolongaba a lo largo de la acera: ventana, puerta, ventana, puerta, dos ventanas, mientras los zapateros, gasfíteres y verduleros cerraban sus comercios exiguos.

Iba tan distraido que no noté el momento en que mi compañera de asiento se bajó del tranvía. ¿Cómo había de notarlo si después del instante en que la miré ya no volví a pensar en ella?

No volví a pensar en ella hasta la noche siguiente.

Mi casa está situada en un barrio muy distinto a aquel por donde me llevara el tranvía la tarde anterior. Hay árboles en las aceras y las casas se ocultan a medias detrás de rejas y matorrales. Era bastante tarde, y yo estaba cansado, ya que pasara gran parte de la noche charlando con amigos ante cervezas y tazas de café. Caminaba a mi casa con el cuello del abrigo muy subido. Antes de atravesar una calle divisé una figura que se antojó familiar, alejándose bajo la oscuridad de las ramas. Me detuve observándola un instante. Sí, era la mujer que iba junto a mí en el tranvía la tarde anterior. Cuando pasó bajo un farol reconocí inmediatamente su impermeable verde. Hay miles de impermeables verdes en esta ciudad, sin embargo no dudé de que se trataba del suyo, recordándola a pesar de haberla visto sólo unos segundos en que nada de ella me impresionó. Crucé a la otra acera. Esa noche me dormí sin pensar en la figura que se alejaba bajo los árboles por la calle solitaria.
Una mañana de sol, dos días después, vi a la señora en una calle céntrica. El movimiento de las doce estaba en su apogeo. Las mujeres se detenían en las vidrieras para discutir la posible adquisición de un vestido o de una tela. Los hombres salían de sus oficinas con documentos bajo el brazo. La reconocí de nuevo al verla pasar mezclada con todo esto, aunque no iba vestida como en las veces anteriores. Me cruzó una ligera extrañeza de por qué su identidad no se había borrado de mi mente, confundiéndola con el resto de los habitantes de la ciudad.

En adelante comencé a ver a la señora bastante seguido. La encontraba en todas partes y a toda hora. Pero a veces pasaba una semana o más sin que la viera. Me asaltó la idea melodramática de que quizás se ocupara en seguirme. Pero la deseché al constatar que ella, al contrario que yo, no me identificaba en medio de la multitud. A mí, en cambio, me gustaba percibir su identidad entre tanto rostro desconocido. Me sentaba en un parque y ella lo cruzaba llevando un bolsón con verduras. Me detenía a comprar cigarrillos, y estaba ella pagando los suyos. Iba al cine, y allí estaba la señora, dos butacas más allá. No me miraba, pero yo me entretenía observándola. Tenía la boca más bien gruesa. Usaba un anillo grande, bastante vulgar.

Poco a poco la comencé a buscar. El día no me parecía completo sin verla. Leyendo un libro, por ejemplo, me sorprendía haciendo conjeturas acerca de la señora en vez de concentrarme en lo escrito. La colocaba en situaciones imaginarias, en medio de objetos que yo desconocía. Principié a reunir datos acerca de su persona, todos carentes de importancia y significación. Le gustaba el color verde. Fumaba sólo cierta clase de cigarrillos. Ella hacía las compras para las comidas de su casa.

A veces sentía tal necesidad de verla, que abandonaba cuanto me tenía atareado para salir en su busca. Y en algunas ocasiones la encontraba. Otras no, y volvía malhumorado a encerrarme en mi cuarto, no pudiendo pensar en otra cosa durante el resto de la noche.

Una tarde salí a caminar. Antes de volver a casa, cuando oscureció, me senté en el banco de una plaza. Sólo en esta ciudad existen plazas así. Pequeña y nueva, parecía un accidente en ese barrio utilitario, ni próspero ni miserable. Los árboles eran raquíticos, como si se hubieran negado a crecer, ofendidos al ser plantados en terreno tan pobre, en un sector tan opaco y anodino. En una esquina, una fuente de soda aclaraba las figuras de tres muchachos que charlaban en medio del charco de luz. Dentro de una pileta seca, que al parecer nunca se terminó de construir, había ladrillos trizados, cáscaras de fruta, papeles. Las parejas apenas conversaban en los bancos, como si la fealdad de la plaza no propiciara mayor intimidad.

Por uno de los senderos vi avanzar a la señora, del brazo de otra mujer. Hablaban con animación, caminando lentamente. Al pasar frente a mí, oí que la señora decía con tono acongojado:

-¡Imposible!

La otra mujer pasó el brazo en torno a los hombros de la señora para consolarla. Circundando la pileta inconclusa se alejaron por otro sendero.

Inquieto, me puse de pie y eché a andar con la esperanza de encontrarlas, para preguntar a la

Señora qué había sucedido. Pero desaparecieron por las calles en que unas cuantas personas transitaban en pos de los últimos menesteres del día.

No tuve paz la semana que siguió de este encuentro. Paseaba por la ciudad con la esperanza de que la señora se cruzara en mi camino, pero no la vi. Parecía haberse extinguido, y abandoné todos mis quehaceres, porque ya no poseía la menor facultad de concentración. Necesitaba verla pasar, nada más, para saber si el dolor de aquella tarde en la plaza continuaba. Frecuenté los sitios en que soliera divisarla, pensando detener a algunas personas que se me antojaban sus parientes o amigos para preguntarles por la señora. Pero no hubiera sabido por quién preguntar y los dejaba seguir. No la vi en toda esa semana.

Las semanas siguientes fueron peores. Llegué a pretextar una enfermedad para quedarme en cama y así olvidar esa presencia que llenaba mis ideas. Quizás al cabo de varios días sin salir la encontrara de pronto el primer día y cuando menos lo esperara. Pero no logré resistirme, y salí después de dos días en que la señora habitó mi cuarto en todo momento. Al levantarme, me sentí débil, físicamente mal. Aun así tomé tranvías, fui al cine, recorrí el mercado y asistí a una función de un circo de extramuros. La señora no apareció por parte alguna.

Pero después de algún tiempo la volví a ver. Me había inclinado para atar un cordón de mis zapatos y la vi pasar por la soleada acera de enfrente, llevando una gran sonrisa en la boca y un ramo de aromo en la mano, los primeros de la estación que comenzaba. Quise seguirla, pero se perdió en la confusión de las calles.

Su imagen se desvaneció de mi mente después de perderle el rastro en aquella ocasión. Volví a mis amigos, conocí gente y paseé solo o acompañado por las calles. No es que la olvidara. Su presencia, más bien, parecía haberse fundido con el resto de las personas que habitan la ciudad.

Una mañana, tiempo después, desperté con la certeza de que la señora se estaba muriendo. Era domingo, y después del almuerzo salí a caminar bajo los árboles de mi barrio. En un balcón una anciana tomaba el sol con sus rodillas cubiertas por un chal peludo. Una muchacha, en un prado, pintaba de rojo los muebles del jardín, alistándolos para el verano. Había poca gente, y los objetos y los ruidos se dibujaban con precisión en el aire nítido. Pero en alguna parte de la misma ciudad por la que yo caminaba, la señora iba a morir.
Regresé a casa y me instalé en mi cuarto a esperar.

Desde mi ventana vi cimbrarme en la brisa los alambres del alumbrado. La tarde fue madurando lentamente más allá de los techos, y más allá del cerro, la luz fue gastándose más y más. Los alambres seguían vibrando, respirando. En el jardín alguien regaba el pasto con una manguera. Los pájaros se aprontaban para la noche, colmando de ruido y movimiento las copas de todos los árboles que veía desde mi ventana. Rió un niño en el jardín vecino. Un perro ladró.

Instantáneamente después, cesaron todos los ruidos al mismo tiempo y se abrío un pozo de silencio en la tarde apacible. Los alambres no vibraban ya. En un barrio desconocido, la señora había muerto. Cierta casa entornaría su puerta esa noche y arderían cirios en una habitación llena de voces quedas y de consuelos. La tarde se deslizó hacia un final imperceptible, apagándose todos mis pensamientos acerca de la señora. Después me debo de haber dormido, porque no recuerdo más de esa tarde.

Al día siguiente vi en el diario que los deudos de doña Ester de Arancibia anunciaban su muerte, dando la hora de los funerales. ¿Podría ser?... Sí. Sin duda era ella.

Asistí al cementerio, siguiendo el cortejo lentamente por las avenidas largas, entre personas silenciosas que conocían los rasgos y la voz de la mujer por quien sentían dolor. Después caminé un rato bajo los árboles oscuros, porque esa tarde asoleada me trajo una tranquilidad especial.

Ahora pienso en la señora sólo muy de tarde en tarde.

A veces me asalta la idea, en una esquina por ejemplo, que la escena presente no es más que reproducción de otra, vivida anteriormente. En esas ocasiones se me ocurre que voy a ver pasar a la señora, cejijunta y de impermeable verde. Pero me da un poco de risa, porque yo mismo vi depositar su ataúd en el nicho, en una pared con centenares de nichos iguales.


Fidel Sepulveda Ll. Manuel Pereira L. ; Cuentos Chilenos.,Edit. Andres Bello. 1992



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viernes, 2 de marzo de 2007

El Último Asalto

Por Junio



-¡Corre, huevón! – le grité a mi compañero mientras éste se quedaba atrás. Los tacones de las botas contra el empedrado repicaban cadenciosamente, mientras que, de fondo, se escuchaban los gritos ahogados de los fúsiles. Nos seguían hace cuadras, el Gato lo tenía muy claro y se dio el lujo de tropezar. Yo sudaba como perro, es la última vez que me pongo un pasamontañas, total, si nos quieren matar ¿a quien le importa si nos ven o no la cara?. El Gato se está quedando, le falta agilidad al viejo. Todos le dijimos que no estaba para éstos trotes, pero muy orgulloso el huevón, se agiló y ahora lo van a pillar, si es que tiene suerte y no se lo bajan con plomo. Enfilo por una calle anónima cuesta arriba. Falta poco para llegar al edificio Centro Sur, donde teníamos que juntarnos.

No hay nadie, por la cresta, ni siquiera el Negro José que tenía que estar esperándonos por si pasaba lo que de seguro está pasando. Los disparos no han parado. No sé qué cresta ocurre, la verdad, si el tramite era entrar, matar al viejo culeado y apretar cuea cómo se pudiese. El Gato no llega. Quizás se tomo un atajo, cómo está tan mal hecha ésta mierda de ciudad nunca faltan los callejones y menos las viejas copuchentas que por metidas terminan abriéndole a uno la puerta para que se escape. Ojalá haya sido eso, por que, o si no, fijo que lo mataron. O sea, como es de choro el Gato ni cagando se deja apresar, y como no se deja apresar es harto más fácil pegarle un tiro.

Habíamos salido al alba, y ahora entre viaje y viaje se oscureció. Debería hacer frío, pero la verdad es que con el chaleco, el pañuelo y el pasamontañas yo me cago de calor. Estoy preparado en todo caso, al rato que se asoma un paco yo me esfumo.

Ahí viene alguien, voy a cachar quien es

-Guatón Rojo, menos mal que llegaste-

-Huevón, quedó la cagada-

-¿Que pasó?-

-Alguien se fue de hocico, llegaron los pacos en la mitad del hueveo-

-¿Los pacos no más?-

-No sé, huevón, quizás hasta habían tiras metidos-

-¿No cachaste si llegó alguien vivo?

-Detrás de mí venían unos pájaros nuevos, los del sur, que se habían encontrado con el Gato-

-Y ese está vivo, entonces-

-No, huevón, si está trotando muerto-

-¿Y el Machaguay?

-Se quedó en el tiroteo-

-¿Los de allá están todos muertos?-

-Parece. ¿Vos de donde saliste?-

-Me vine cuando vi al viejo tirado en el suelo-

-Lo mataron entonces-

-No estoy seguro. ¿Te siguieron los pacos?-

-No estoy seguro-

-Chucha, ahí vienen los del sur con el Gato, que apenas se mueve-

-Saca la Luger-

-¿Pa’ que?

-¿No escuchai los disparos, huevón?-

Listo, lustré el arma, guardé la Luger, empaqué el chaleco y el pasamontañas. El pañuelo me lo llevo puesto. Todavía no me pasa el desayuno. Es que no se puede, el pan está mas duro que la cresta y se me acabó la leche.

En un rato pasa la liebre con todos los compañeros. Repaso las instrucciones que nos dieron anoche “... a las 6am todos en pie, preparados para ir a Santiago. A las 6:30 dejamos Rancagua y a las 8:00 a mas tardar estamos en el Pub Nacional, que está reservado a nombre de Joaquín Pedreros...” Ya son las 6:30 y éstos pelotas todavía no llegan, linda la huevá “... llegando allá dos hombres abrirán las puertas. Ya dentro se les dispara a todos los guardias que se opongan. Al viejo se le localiza, y se le dispara, sin preguntas ni dudas. Hay cuatro salidas. Luego todos nos juntamos en el edificio Centro Sur, un par de cuadras arriba del edificio del blanco” Ahí llegaron, parece, se cacha al tiro por que la liebre del Juaco es vieja, y suena bastante más de lo que debería.

Arriba nadie sonríe. Todas las miradas se entretienen en la ventana. No somos tantos, la verdad, así que pocos se sientan de a dos. La liebre ruge (o se queja) y todo tirita apenas se pone a andar el cacharro. Los fierros suenan y los asientos crujen. No se escucha nada. Más adelante está el Gato.

-Huevón, Gato. ¿Vos también vas?- pregunto

-¿Y? ¿Queríai que me quedara en Rancagua mientras arman la revolución?-

-A vo se te pasó la hora de la Revolución-

-Nada de huevadas conmigo, pendejo insolente-

-¿Viste? Sí hasta hablas como viejo-

-¿Qué?-

-Micro culeada- el estruendo general apaga mis ultimas palabras. Decido probar suerte con la ventana y el paisaje que varía entre plantaciones y viñas, o algo que parecen viñas.

Vamos llegando, menos mal. Estaba hastiado: la micro que se mueve, que tirita, que se queda en pana; el viejo que me habla, que no me escucha y se amurra, como si fuese a hacer algo importante en la misión. El pub es una mierda, la verdad. No tiene ni bar. Las mesas las amontonaron en un rincón, junto con las sillas y lo único que queda es un salón enorme, desnudo. Es tarde, al menos para mí. El tiempo se nos fue mientras íbamos a buscar a los compañeros de acá de Santiago. Tipo cinco y media comienza a oscurecer. Me imagino que alcanza el tiempo para comer algo y que los afanosos del sur se peguen una mirada de reconocimiento, a ver si hay mucho paco o si el viejo está acompañado.

-Compañeros- habla el comandante, ese huevón con complejos de lider izquierdista que no se la puede –... estoy orgulloso de verlos a todos reunidos, preparados para este ultimo golpe al cruel mandato... - no sé que huevá se cree, jura que todos aquí estamos preparándonos para morir por el sueño bolivarista o alguna mierda por el estilo -... es por eso que no espero nada menos que la vida de parte de ustedes, ¡hasta la victoria!- y con esa frase cliché a cagar terminó el show.

Después de un rato se escucha el sonido de la liebre y todos se paran, toman sus cosas y se quedan mirando la puerta.

-Rapido, huevón, súbete- me ordenan

-Que hinchai, Alquinta, te creís jefe-

-A ver, subversivo de mierda-

-Cállate será mejor- se me acaban las ganas de putear, están todos tensos, inseguros y tiritones. A estos huevones se les va a escapar un tiro antes de tiempo y ahí no más nos quedó la onda revolucionaria.


Ya, vamos llegando. Siempre me imaginaba que antes de una misión así me pegaría una volada como de película gringa, en esa onda de los paracaidistas antes de caer en suelo nazi o algo así. La verdad es que no veo nada, está todo oscuro, y con mucha cueva la veo el perfil a algún jetón arriba en la liebre: están todos tristes, medios distraídos, se les pasó lo valiente, lo choro y eso de morir por la causa, se les nota.

-Ya cabros, nos juntamos en el edificio Centro Sur después de que el viejo muera- Serían las ultimas ordenes, me imagino, por que estoy bien distraído: si me matan cagó mi vieja, dudo que estos, mis “compañeros”, le manden algo de dinero.

Todos se bajan del bus. La noche es una mierda, demasiado quieta, no se escucha casi nada. Las puertas se abren, tal cómo decían las instrucciones. Adentro hay un guardia que soltó el arma apenas nos vio. Un grupo va por una puerta grande de madera barnizada, cómo se nota que quiere ser presidente el viejito. Yo me voy por una puerta más pequeña, con el Gato y otros tipos. El pasillo está lleno de cuadros aristócratas, seguimos avanzando. El ruido se amortigua por el alfombrado, las armas suenan un poco. Me doy vuelta, ahí está el Gato con sus ojos expectantes; una puerta se está abriendo.

-¡La patria o la muerte!- retumba en el pasillo

-¡Suelta el arma!

-¡Ahí está el viejo!- fue lo ultimo que caché, o que se cachó. De ahí no pararon las balas. El Gato ni rasguño, pero se veían caer al resto, esos jetones sin importancia que igual se emocionan con el cuento. Yo saqué mi Luger: mucho más preciso y prolijo el trabajo. El cuerpo del viejo se bifurca en la mira. Se dio vuelta, viejo maricón, cagó. La pura sorpresa para mi que lo mató. No caché bien si cayó por mi impacto, pero lo rojo debió haber sido sangre. En todo caso ahí está tirado el cuerpo, detrás del escritorio, se le ven las pantorrillas y del otro lado los dedos hinchadísimos, intentando alcanzar algo, me imagino.

-Rápido, Gato, pícala-

-¿Cagó el viejo acaso?- pregunta, muy inquisidor, mientras presiona el gatillo

-¿No lo veí tirado, acaso?-

-Le pegaste un tiro, entonces- aseveró

-Si, huevón- afuera, comenzaron a sonar las balisas- Gato, vámonos-

Salimos del pasillo, pasando los cuadros hasta que su contenido se deformaba por el cejillo del ojo. A todo dar. Tras la puerta de roble alguien sale y se queda apuntando al umbral. Buscamos la salida de atrás, que era lo más directo al escape que teníamos.

El pasamontañas me ahoga, atrás suenan los fusiles, las balisas, los gritos y las consignas. Derecho por la avenida Oriente. Luego quebramos y subimos hasta el departamento Centro Sur. Me cago de calor, nunca más hago el baile este con tanta huevada puesta. Los pacos nos comenzaron a seguir, chucha. El Gato debería venir pegadito a mí, se está quedando atrás.

Rutina

Por San Valentín


Suena el despertador, el reloj marca las seis, apurado se levanta, es un día importante para todos menos para él.

Confundido y algo desorientado se dirige a la estación Baquedano, comienza su viaje.

Miradas angustiantes lo acechan, las percibe en el respiro de aire que se deshace, los problemas cotidianos del vivir se reflejan en las tristes caras ahogadas.

Por un momento pensó que solo quedara el recuerdo de tantos, iguales a nada. El ruido del operador lo despierta, se baja, sigue su camino de monotonía, su trayecto diario con la certeza de no ver mas esas almas errantes. Comienza así su día.

lunes, 12 de febrero de 2007

Artemisa

Por Gato Negro



“Como aquella diosa cazadora, prohibida para los hombres…”

Subió e hizo que el tiempo se detuviera. Ya no importaba el dialogo con mi compañero de viaje. Era ella, la pelirroja anónima, la de los ojos tristes, la que jamás se percató de mi existencia.

No le hablé, no me habló, ni si quiera supe su nombre, pero me gusta llamarla Artemisa cada vez que la veo en los rincones de la memoria distorsionada por los sueños. Como aquella diosa cazadora, prohibida para los hombres, porque mi musa de rojos cabellos me fue vedada por la timidez, pero me cazó con una flecha la mirada y el pensamiento, me sedujo con su aura melancólica y me llevó fuera de aquel sobre poblado lugar en el que “no nos conocimos”.

El Problema

Pasó hace tiempo, estábamos sentados en el pasto con una amiga (Camila), yo estaba medio down, debo confesar, quería llorar pero como siempre cuando deseo hacerlo no puedo.
-¿Por qué cuando uno quiere llorar no puede y cuando uno no desea hacerlo con todas sus fuerzas, lloramos?
- Porque no es voluntario.
-No es que no sea voluntario, el llanto es maricón, hace todo lo contrario a lo que uno quiere. Como que confabula en nuestra contra...

El temá se fué, así como mis ganas de llorar. Sacó de su mochila éste libro que tan interesante le parece y me dijo: "Dime si no es verdad" (creo que eso fue, o puede que así lo recuerde).
Y me leyó ésto... "El problema"


El Problema
Por Alasdair Gray


Los griegos se equivocaron con el sol; decididamente es mujer. Yo la conozco bien. Me visita a menudo, pero no lo bastante. Prefiere pasarse el tiempo en playas del Mediterráneo con gente más rica, sobre todo extranjeros. Yo nunca me quejo. Viene aquí lo bastante a menudo como para que yo siga teniendo esperanzas. Hasta hoy. Hoy, acaso porque es primavera, llegó de improviso en toda su gloria y me hizo perfectamente feliz.

Yo estaba asombrado, agradecido, y por supuesto lo aprecié adecuadamente. Me quedé tendido, complaciéndome en su calor dorado, n poco narcotizado y somnoliento pero murmurando el tipo de cumplidos de rigor en ocasiones así. Comprendía que ella me hablaba en un tono más insistente de modo que de vez en cuando yo decía “Sí” o “Mmm”. Al final ella dijo:

- No me escuchas.

- Sí te escucho… - Hice un esfuerzo de memoria.

Estabas hablando de tus manchas.

- ¿Qué puedo hacer?

- Sinceramente, Sol, no creo que tenga importancia.

- ¿Qué no tiene importancia? ¿Qué no tiene importancia? Claro, para ti es muy fácil. A ti no te toca soportarlas.

Estuve a punto de soltar un quejido. Cada vez que alguien me hace sentir perfectamente feliz va y se convierte en un problema. Junté energía para afrontar el problema.

- El primero que te notó las manchas fue Galileo – le dije -, con su telescopio mejorado, en el siglo dieciséis. Antes de eso te consideraban el más perfecto de los cuerpos celestes…

Dejó escapar un pequeño gemido.

- ¡Pero si no son permanentes! – me apresuré a decirle -. ¡Vienen y se van! Están relacionadas con varias cosas buenas, como el crecimiento. Cundo tienes un año muy manchado las plantas se vuelven más robustas y crecen más rápido.

Escondió la cara y dijo: - ¿Por qué no puedo tener un cuerpo celestialmente perfecto, como cuando era joven? No he cambiado. Sigo siendo la misma.

Traté de consolarla. – Nadie es perfecto. Dije.

Ella no replicó.

- Aparte de unos físicos y astrónomos de primer nivel –expliqué- , tus manchas no le importan un rábano a nadie.

Ella no dijo nada.

- La luna está llena de manchas y a nadie le parecen desagradables.

Sol se levantó, dispuesta a irse. La miré horrorizado, demasiado débil para moverme, casi demasiado débil para hablar.

- ¿Qué pasa? –susurré.

- Acabas de admitir que cuando me doy vuelta miras otros planetas

- Por supuesto, peor no de adrede. Cualquiera que salga de noche ve la luna de vez en cuando, pero no regularmente, como a ti.

- Quizás si me esforzase –dijo-, también te interesarían mis manchas. ¡Qué tonta he sido, creer que dando dando dándome siete días a la semana, cincuenta y dos semanas al año iba a conseguir que me quisieran y apreciaran cuando la gente prefiere a una zorra frívola que si tiene algo de luz es gracias a mí! Bien, he aprendido la lección. De ahora en adelante vendré una vez cada quince días; puede que así también mis manchas les resulten atractivas a los hombres.

Y se habría ido sin una palabra más si y no me hubiera levantado de un salto a rogarle y suplicarle y decirle un montón de mentiras. Le dije que desde la época de Galileo se había descubierto mucho sobre las manchas solares, que eran un fenómeno electromagnético, y quizás curables. Le dije que la próxima vez que nos encontráramos habría estudiado la cuestión y pondría recomendarle algo. Así que se fue con más pena que rabia y mañana la veré.

Pero no me cabe ninguna esperanza de que ella vuelva a hacerme feliz. A Sol le interesan más las manchas que los rayos, y está dispuesta a culparme por ellas.



Historias Sobre Todo Inverosímiles
Alasdair Grey
Editorial Minotauro
("El Problema")

Perro

Por Junio

Tomó instintivamente las llaves de la puerta para luego recordar que no era necesario: su hermano y Bárbara estaban adentro. La mañana era soleada, algo calurosa. Se ajustó el terno a los hombros. Mientras abría la reja pensó en la noche anterior y se alegró de que las cosas hayan salido bien. Se subió al auto y tanteó sus bolsillos una ultima vez antes de partir al trabajo.

- Entonces, te llamas Joaquín, ¿no?.- dijo mientras se secaba el pinche del pelo y se lo dejaba caer sobre los hombros. Habían bailado toda la noche y ahora pasaban la sed con unos tragos. Él encontraba que en los ojos de Bárbara había algo dulce, pero esquivo.

La oficina era un amplio cuadrado divido en cubículos. Se sentó en el suyo y comenzó con el papeleo habitual. Al medio día el ambiente se tornó sofocante. El calor hacía que el gel deslizara de su pelo, le sudara la cara y le terminaba dando un aspecto sucio.

Venían saliendo hace un tiempo ya. Joaquín la había invitado al sur un fin de semana, sin embargo, ella se había negado rotundamente. En su cabeza, él inventaba insufribles excusas para lograr que aquella pelirroja lo acompañara una noche. Todos aquellos planes terminaron por dar resultado hace un par de noches atrás, bajo trucos y excusas que terminaron por enamorar y prender a Bárbara.

Cómo el día anterior, para el almuerzo, debía juntarse con ella, pero en la mañana los planes se cancelaron. A pesar de traer puesta una de sus camisas de la oficina y caminar con ritmo torpe, Bárbara seguía con ese carácter lapidario y decidido. Una lástima, pensó mientras masticaba mecánicamente su sándwich de jamón queso. Durante el almuerzo había fantaseado con las vacaciones en el sur, con el cuerpo de Bárbara, con el compromiso y con tener a su hermano viviendo lejos de él. Sonó la alarma de su reloj digital. Se arregló el pelo, se ajustó nuevamente la camisa. Subió por el ascensor y se quedó en su oficina hasta las ocho y media, hora de salida.

No podía creer que su hermano llegase con una mujer así a la casa. Pensó que Joaquín no la merecía. A pesar de su fama de mujeriego su hermano confiaba en él. En el almuerzo él se le acercó, desplegando todo su encanto y arsenal de frases refritas.

La ansiedad lo consumía, volver a casa se hacía mas largo que lo habitual por un taco en Vespucio. Las luces eléctricas se mezclaban con el jazz que salía de la Radio Futuro. De cuando en cuando el locutor dictaba un eslogan que versaba sobre las virtudes del rock y la juventud. Vio por el retrovisor su pelo entrecano, miró un rato la Escuela Militar, con un aire nostálgico que no era propio de él, y de pronto escucho una bocina que lo devolvió al camino y a concentrarse en el tedio de volver a casa.

Lo sentía mucho por Joaquín. No quería dejarlo así sin más, después de todo, él había hecho su trabajo para conquistarla. Miró a su nuevo juguete de reojo, quien sonrió, y atolondradamente sacó un bolígrafo con el cual garabateó una servilleta. Rápidamente tomo su bolso y salió, el hermano de Joaquín la siguió y antes de irse le dio dos vueltas al cerrojo de la puerta. Aún era de día.

Al llegar ya era tarde, 21:30. No había luces prendidas, al parecer solo estaba Bárbara. Se preguntó si tenía ganas de salir a comer, o si su hermano hubiese salido con sus amigos ya. Cerró la puerta del auto y le puso alarma. Abrió la reja y tras cruzar el ante jardín toco la puerta. Nada. Saco las llaves, giró el cerrojo que tenía dos vueltas. Adentro todo estaba oscuro. Prendió las luces. Sobre la mesa del comedor encontró una servilleta garabateada. Buscó a Bárbara por toda la casa y tras un breve escalofrío recordó al perro de su hermano..

martes, 30 de enero de 2007

"Micro"cuentos

Para seguir con el tema de las "Micros", aquí les dejo una serie de "Micro"cuentos.

Próxima estación, Baquedano
Por Gato Negro

Me zumban los oídos de pronto. Porque la gente se agolpa en las puertas, porque sus voces se entremezclan y dan paso a un eco de graznidos, porque su sudor y cansancio se me pegan al cuerpo como una segunda piel.
¿Mis pies? Se mueven al compás viperino de las vías, entre la penumbra y las luces azulinas que despiertan mis ojos, entre oficinistas y barras de metal.
Así es Santiago, lleno de gente, aún evocando sensaciones contrariadas. ¿Quieres encontrarme? No es difícil, ya que es como si todos hubiésemos acordado reunirnos en un solo lugar. Te espero en Baquedano.



Sueños
Por San Valentín

El viejo anciano soñó toda su vida este momento, desde niño, cuando tuvo ese repentino sueño del tren de fantasías que recorría la ciudad se empecino en cumplirlo. Fantasía para su época, realidad para la nuestra. Nervioso compró su boleto y con lento caminar se sentó en el primer asiento del vagón, miró extrañado la angustia de la gente. Aún así pensó: puedo morir tranquilo al cumplir mi sueño. Pensó en la felicidad que lo invadía, Pensó, la rutina de algunos es la alegría de otros... el tren partió. Segundos después se desplomo con una imborrable sonrisa en el rostro


Mi compañera de viaje
Por Gato Negro

No recuerdo exactamente donde me subí, ni cuando me bajé de aquella micro. Pero no se me ha borrado aún el rostro de mi lejana compañera de viaje.
Cuando subí, su presencia entre los escasos pasajeros de la noche me llamó la atención inmediatamente. Al otro lado del pasillo, sentada y medio escondida me negaba su mirada. La observé varias veces, me parecía tan familiar, a pesar de que nunca antes la había visto.
Me sedujo de golpe, mis ojos estaban adheridos a ella, incluso cuando bajé no dejé de mirarla fijamente, hasta que su silueta desapareció definitivamente.

viernes, 26 de enero de 2007

Superman

Superman
Por Junio

En la ventana hay una nota. Sobre la mesita de noche hay un empaque. El empaque está envuelto en una caja de cartón, y la caja envuelta en un papel floreado mal terminado. La mesita de noche está cerca de la cabecera de una cama pintada de verde agua. La cama de sabanas revueltas se pega a la muralla que está empapelada. El papel se rompe con mucha facilidad y puedes ver los rayados y la pintura anterior si rompes lo suficiente. Dentro de las sabanas revueltas hay un cuerpo en reposo, aferrándose a una almohada sudada. Dentro de la habitación duerme el niño de la casa.

El niño se despierta y se pasa los dedos por la comisura de los ojos energéticamente. Corre a un lado las sabanas desordenadas y se sienta al borde de la cama. Tantea con los pies el suelo de tablas flotantes hasta encontrar sus sandalias de goma. Se para un rato, busca un chaleco gris cuyo cuello y mangas no calzan y juega con el un rato. Se impacienta. Sus ojos comienzan a registrar la habitación. Sus ojos encuentran el paquete dentro de la caja dentro del papel sobre la mesita de noche. El niño desgarra el papel, desarma la caja de cartón, mutila el empaque y saca el contenido. La yema de sus dedos toca el contenido del empaque: primero la tela, nylon, luego el estampado que es un relieve. La emoción en los ojos del niño.

El traje le queda grande. El cuello se le corre, al igual que la insignia con forma de “S” que sobresalía en su pecho. Al cuello se ata una capa de paño rojo. El niño esboza una sonrisa. Busca un cinturón de cuero café y se lo ajusta sobre la cintura. Juega solo frente al espejo, haciendo muecas y poses. Por fin, pensó. El niño abre la puerta de pintura descascarada. Sale al pasillo, corre un poco.

En el living no hay personas. Sobre la mesita hay una lámpara color crema. La lámpara está apagada. Al lado de la mesita hay un sofá. Frente al sofá hay un televisor y debajo una alfombra persa. El niño entra al living. Los ojos del niño interrogan los rincones. No encuentra a nadie. Se pasea por las habitaciones. Se dirige a la puerta de salida, cruza la mampara.

En la calle hay tierra. Cada esquina está cubierta de polvo. El polvo se torna naranjo por el sol que se esconde. El niño busca a alguien. La capa se le balancea en la espalda. La imagen del niño se desgasta. La calle está vacía.